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Marcelo Percia 

La ilusión de leer


(Prólogo a “Quemar las naves – Ensayos winnicottianos” de Daniel C. Ripesi, Editorial Letra Viva, Buenos Aires, 2004, 201 páginas.)

¿Qué trama este libro? Escuchar el silencio que rodea a cada definición. Uno de sus temas es el dolor.
(...) Arden las naves en las costas de Veracruz. Un hombre, de pie sobre la arena, contempla su decisión. Ya no habrá vuelta atrás. No será posible retroceder ni desistir. La suerte está echada.
Se dice no quemar las naves para indicar que conviene dejar abierta una posibilidad o para prevenir una actitud de la que no hay retorno.
Según Ripesi, Hernán Cortés inaugura, entre nosotros, la vocación para habitar lo extranjero: “una experiencia donde lo propio y lo ajeno en su fatal indeterminación amenazan operar una transformación posible a quien se atreve a esa visita”. Obligarse a permanecer en el exilio. Nacer de espaldas al pasado.
Quemar las naves es la expresión que elige este texto para avecinarse en un territorio clínico. Para morar en una extrañeza. Para decir la zozobra del analista en su función. Su vulnerabilidad, penumbra, soledad, desamparo. Se lee: “con cada paciente -en algún momento incierto y desconocido, ajeno a todo cálculo- quemamos la naves, ya no podemos regresar, quedamos en la otra orilla aceptando perder nuestras referencias familiares”.
(...) El autor recuerda una leyenda del litoral argentino sobre la creación: la mujer y el hombre, impacientes por existir, advierten que Dios no tiene tiempo para crearlos; entonces, cansados de esperar a ese moroso, deciden soñar a Dios soñándolos.
Ripesi sufre de esa impaciencia onírica. Cansado de esperar que toda su práctica sea narrada por Winnicott, arriesga soñarse en las palabras de otro.
(...) Masotta decía que entre nosotros cierto borgismo siempre será pertinente. Luis Gusmán apuntó que escribir en la Argentina es pagar una deuda con Borges.
Ripesi lee, en Las ruinas circulares, la paradoja del soñador soñado. La pérdida del soñante primero. La existencia como sueño. Conjeturas de un forastero taciturno que se propone soñar un alma que merezca participar del universo (“Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad”). Y si fuera sólo fantasma como lo son los otros, criatura soñada por la lengua, mero simulacro, apariencia. Y si fuera resto de irrealidad en una vida real. Y si fuera propósito (posible y sobrenatural) del deliberado sueño de otro. “Antes (para que no supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre como los otros) le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje”. Saberme proyecto ajeno, accidente por determinación de una voluntad extraña, vana emergencia de un desierto viscoso, incoherente, vertiginoso. “No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre ¡qué humillación incomparable, qué vértigo!”. ¿Humillación incomparable? ¿Vértigo de todos los vértigos? ¿Alivio o terror? “Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo”.
Creo que la práctica del animismo con palabras e ideas es una condición del habla del psicoanálisis. Ripesi dirá hacer soñar a la palabra. O dirá que tal vez no se trata tanto de hacer soñar a la palabra como de dejarse llevar por el sueño de la palabra o admitir que somos soñados por una idea.
Se suele hablar de un psicoanálisis freudiano, kleiniano, winnicottiano, lacaniano. Pero no sería posible hablar de un psicoanálisis borgeano.
Pero me permito decir que la ensayística de este libro le debe tanto a Borges como a Winnicott. No tanto porque Borges diga más, mejor o igual que Winnicott, sino porque Borges dice en nuestra lengua la conjetura del self, o llama ficción o literatura fantástica a lo que el inglés llama espacio potencial, juego, sueño, humor, asociación libre.
(...) Encuentro en este libro soliloquio, dialogo, conjetura. Escucho, por momentos, una voz íntima en los textos.
Ripesi busca ideas que toquen su clínica. También repasa el dogma o hace pequeñas hermenéuticas del legado. Aunque, siempre, por suerte, practica la digresión.
(...) ¿Ensayos winnicottianos? Creo que existe una habilitación clínica en Winnicott. Una invención clínica de Winnicott que habilita la forma de un ensayo psicoanalítico que no se siente obligado a responder a las pruebas de las ortodoxias freudianas, kleinianas, lacanianas. Ensayos winnicottianos es un eufemismo de una dispersión teórica necesaria para alojar el pensar en la situación clínica (...)
En este libro se piensa Winnicott, se discute con quienes dicen leer en Winnicott, se comentan lecturas de Winnicott que atrapan, que provocan deseo de un modo winnicott de pensar.
Asistimos a algo más que un volumen de ensayos winnicottianos: asistimos a la construcción de una confianza. La confianza de un psicoanalista que, en soledad, inventa sus compañías.
(...) Tal vez Ripesi no sea un investigador de la obra de Winnicott, sino un instigador.
(...) Macedonio Fernández tiene razón: a veces se escribe un libro como ilusión de salir del aturdimiento y del enredo mental. También se lo lee con esa esperanza.


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