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Daniel Ripesi[1]

El principio: suma de principios



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Cada herida es una fuente...
Octavio Paz


El título que propongo para este artículo se inspira en un poema de T. Eliot que D. W. Winnicott evoca en uno de sus trabajos para advertir sobre la naturaleza diversa y casi insituable de todo punto de partida. Por otra parte, parece un hecho inevitable que cada generación no pueda dejar de establecer con sus orígenes -su herencia cultural-, una relación vacilante, ambigua y a menudo contradictoria. Con una pasionalidad que reconoce aristas de cargado dramatismo y períodos de prolongado eclipse, los pueblos se debaten entre el anhelo de producir una ruptura con sus antecedentes -para alcanzar así una plena originalidad en sus puntos de vista- o bien, apoyar su progreso en una continuidad que respete y perpetúe las ideas trabajosamente establecidas por sus ancestros. Entre el debido respeto y un irrefrenable impulso de trasgresión ondula la búsqueda de nuevas ideas. En todo momento inaugural, en cada chispa de pretendida creatividad, en el origen de toda novedad habría tensión, hostilidad y amor, traición y fidelidad... Comenta Octavio Paz: “lo que debemos hacer con nuestros clásicos es cambiarlos, transformarlos, incluso deformarlos. En realidad esto es lo que hace cada generación y cada poeta: sus imitaciones son transgresiones; sus negaciones, homenajes.”[2] En este movimiento de conquista de un nombre propio y de liberación de aquellos otros que nos llegan y condenan desde antes de nacer, con sus flujos y reflujos en cuanto al reconocimiento y la negación de cierto legado, la autoafirmación inscribe sus deudas y su propio aporte personal al campo cultural en un balance que, por cierto, siempre es impreciso. Winnicott llamó objeto transicional al primer articulador de ese movimiento que va desde lo que se nos provee como ya establecido y dado en una sociedad y lo que uno puede crear y aportar desde la propia intimidad al acervo cultural. La tensión que se establece entre una cosa y otra –entre lo propio y lo ajeno- se subsume, aunque sólo por breves instantes en la existencia, en una paradoja: la sensación de poder “crear lo dado”. Una paradoja en la que la experiencia subjetiva es la de poder crear un mundo a pesar de que éste ya existía. Forjar, en el vasto y relativamente anónimo espacio-tiempo que compartimos con el resto del mundo -ese que nos anticipa y espera-, un territorio que se ordena según nuestras propias coordenadas, con sus recodos y atajos, sus escondites y escenarios públicos, sus ámbitos mas cercanos y familiares y sus confines tan atractivos como misteriosos e inquietantes. Crear lo dado, algo así como el ejercicio de apropiación de un lenguaje que estando ya establecido –con su gramática y vocablos- concedería al sujeto la oportunidad de poder encontrar y pronunciar las propias palabras... Y a veces, casi-casi, uno siente estar a la altura de las palabras dichas, como diría Pontalis, uno tiene la sensación de haber dado con la “palabra justa”[3]. Más allá de esta experiencia subjetiva, la mayoría del tiempo -la perpetua tarea humana, dice Winnicott-, es la de intentar dar respuesta a algo que no lo tiene: “todo esto que nos rodea, incluso esa conjetura más o menos convincente que suponemos somos nosotros mismos –la suma de nuestros pensamientos, anhelos, temores, ideales, etc.-, ¿es producto de nuestra creación o nos fue dado?” “Crear lo dado”, jamás una cosa recubre enteramente a la otra... No importa cuán ínfimas o dilatadas sean las fisuras que se abren en el encuentro-desencuentro del par “crear lo dado” (es a veces un moderado delirio el que nos hace creer artífices de todo cuanto acontece y es otras un insensato “realismo” lo que nos obliga a someternos con resignación al mismo destino), no importa cuán ínfimas o dilatadas sean las fisuras –decía- las dudas nunca se disipan del todo. El objeto transicional es la articulación soportable de esa diferencia entre lo propio y lo ajeno, lo que nos es dado y lo que nosotros mismos podemos crear, lo que recibimos y aportamos. El objeto transicional resulta ser la matriz –encarnada- del primer símbolo para un sujeto, una matriz de la que derivará la economía que otorgue, o no, algún valor significante al resto del mundo. No se trata de que el llamado objeto transicional suture estas diferencias que acabamos de enumerar; simplemente suspende por un instante o atenúa el máximo posible el peso de una pregunta que en muchos sujetos –por alteración de la constitución de la matriz simbólica que dicho objeto supone- adquiere una forma agobiante: la pregunta sobre si vale o no vale la pena vivir la vida. Con el objeto transicional las diferencias aludidas pueden trabajar, como lo expresaba más arriba- una articulación posible, lo hacen forjando un sentido posible a la realidad que nos rodea –y a esa extraña realidad que somos nosotros mismos-, a partir de la capacidad psíquica de soportar paradojas: todo símbolo será entonces, a un mismo tiempo, y respecto de lo que pretende nombrar: contienda y abrazo amoroso, apropiación y desposesión, encuentro y pérdida, descubrimiento y confirmación.
Más arriba relacioné también la paradoja de “crear lo dado” con la apropiación que un sujeto puede –o no- hacer de un lenguaje ya constituido, cuando las palabras –al comportarse como objetos transicionales- pueden entrar en diálogo con los demás y consigo mismas. Es decir, cuando las palabras se atreven a desbordar el encierro tentador de la rumia solitaria, a salir de un soliloquio en el que parecen abrazar, deliciosamente, un sentido pleno[4]. Cuando, por fin, ellas se atreven a arriesgarse al movimiento y a la economía que les permite un campo intermedio de experiencia subjetiva con el resto del mundo. Aventurándose a una zona intermedia de experiencia donde –al ser pronunciadas- ya no son “ni tuyas ni mías” –y sí de ambos-, territorio compartido para un diálogo donde la posesión de las palabras no implica su dominio –todo lo contrario-, donde nombran y me nombran, dicen y callan, allí donde cada palabra es lo que deseo decir y lo que el otro pretende escuchar “en ellas”. Y donde si digo “árbol”, nombro al árbol unánime que condensa y simplifica a todos los árboles posibles, pero que lucha cuerpo a cuerpo con el frondoso árbol del patio de mi infancia: el primero se aproxima peligrosamente al “significante que mata la cosa”, el segundo al que la mantiene con vida. Winnicott centró de un modo muy particular su atención alrededor de la economía que podía mantener vivo o muerto a un discurso, especialmente, al discurso de los analistas cuando éstos deseaban compartir sus elaboraciones teóricas y su clínica. Vida o muerte de un discurso: dilema que se juega entre poder apropiarse –recreando- aquello que da origen e impulso a una teoría y el sometimiento dócil y obsecuente que condena a repetir los aforismos “del Maestro”. Ilustro estas alternativas con unas líneas que Winnicott escribe a M. Klein, en donde reflexiona sobre lo que habitualmente sucedía en las reuniones científicas de la Sociedad Británica de Psicoanálisis: el sometimiento de toda comunicación a la jerga establecida a partir de la doctrina kleiniana. "Lo primero que deseo decirle es que puedo advertir lo molesto que resulta –para el auditorio de analistas- mi deseo de expresar en mi propio lenguaje lo que se desarrolla en mí, producto de mi crecimiento y mi experiencia analítica. Supongo que resulta molesto porque todo el mundo querría hacer lo mismo aún cuando todos sabemos que en una sociedad científica uno de los objetivos es encontrar un lenguaje común. Sin embargo, ese lenguaje debe mantenerse vivo, ya que no hay nada peor que un lenguaje muerto. (...) Personalmente creo que es muy importante que su obra sea re enunciada por personas que realicen los descubrimientos a su manera y que presenten lo que descubren en su propio lenguaje. Sólo de ese modo se mantendrá vivo el lenguaje. Pero si usted estipula que en el futuro únicamente sea su propio lenguaje el que debe ser utilizado para la enunciación de los descubrimientos de otras personas, el lenguaje se convertirá en un lenguaje muerto, como ya se convirtió en la Sociedad. (...) Sus ideas sólo perdurarán en tanto y en cuanto sean re descubiertas y reformuladas por personas originales, dentro y fuera del movimiento psicoanalítico. (...) Usted es la única capaz de destruir este lenguaje denominado doctrina kleiniana y kleinismo, con un propósito constructivo. Si no lo destruye, este fenómeno artificialmente integrado deberá ser atacado en forma destructiva. Pienso que algunos de los pacientes que acuden a los 'entusiastas kleinianos' para ser analizados no se les permite realmente crecer o crear en el análisis[5].
Las palabras peregrinan, todo intento por detenerlas nos empobrece y empobrece al mundo. Recuerdo una anécdota en la que un grupo de sacerdotes consultaron a Winnicott sobre cómo discriminar, frente a los planteos de un feligrés, si se trataba de una cuestión de orden estrictamente religioso o de una especulación de mórbido carácter místico y que pudiera sugerir cierta alteración mental... Después de pensarlo unos segundos, Winnicott contestó: “si cuando el feligrés hace su planteo ustedes sostienen el interés, se trata de una cuestión de fe que les incumbe, si cuando quien consulta los aburre, mándenlo al psiquiatra”. Quizás aclare esta indicación un pensamiento de Octavio Paz. Según comentaba este autor la poesía era al lenguaje lo que el erotismo a la sexualidad, un desvío de sus fines aparentemente “naturales”: en el lenguaje comunicar, en la sexualidad procrear.[6] ¿Auspicioso alejamiento de las fuentes? Como sea, erotismo y poesía aparecen íntimamente asociados. De modo que, cuando un discurso está muerto la evidencia más notable es la pérdida de una erótica que debería sostenerlo animado y cautivante, con diverso relieve y variada textura, con sus olores y temperaturas, climas y fronteras. Como si se tratara de un territorio que, a no dudarlo, reconocería también sus extensiones de aridez y alguna que otra tormenta. Un territorio... En este sentido intuyo entonces las fuentes de Winnicott en la medida en que para él, "el mundo resulta importante y satisfactorio, para cada individuo, si crece a partir de la calle en que está su casa o del patio de atrás”. Extensión que progresa desde las referencias más familiares, desde lo más próximo y conocido a lo más extraño, lejano y ajeno. Avanzando y retrocediendo, conquistando y cediendo, pero en un andar que intenta no cerrar círculos herméticos sobre certezas y conformidades, ni tampoco estrechar límites definitivos frente a lo informe o inquietante. Por eso también el agradecimiento con que Winnicott abre “Realidad y juego”[7]: “A mis pacientes que pagaron por enseñarme...”, porque pudo permanecer con ellos en un territorio que los volvía extranjeros[8], y hacer de ese estado de no-saber, un punto de partida.

Concluyamos, entonces, como lo expresaba el poeta y el propio Winnicott: “principio, suma de principios...”, pero con un pequeño agregado: que al parecer, tampoco habría punto cierto de llegada...

danielripesi@hotmail.com

[1] Autor de “Quemar las naves, ensayos winnicottianos”, Ed. Letra Viva, Buenos Aires, 2004. Co-dirige el sitio Web www.espaciopotencial.com.ar.
[2] En “Convergencias”, Ed. Seix Barral, Barcelona, 1991.
[3] No por lo “exacta”, sino porque “hace justicia” con su poder de significación.
[4] M. Ponty decía que la palabra era un “exceso” del ser, un exceso que a menudo lo deja en falta.
[5] Carta del 17 de noviembre de 1952, consultar “El gesto espontáneo, Ed. Paidós, Buenos Aires, 1990 (Bastardillas mías).
[6] En “La doble llama”, Ed. Seix Barral, Barcelona, 1993.
[7] D.W.Winnicott, “Realidad y juego”, Ed. Gedisa, Barcelona, 1972.
[8] A ambos sin duda, sólo que el paciente –como leemos en el caso “Juanito” respecto de su padre-analista y de Freud mismo- es quien indica el camino.

 

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